IA y centros de datos: el lado oscuro de la revolución que promete cambiar el mundo

IA y centros de datos: el lado oscuro de la revolución que promete cambiar el mundo

  • 12/May/2026
  • ForgeNEX by ForgeNEX
  • AI

Cuando las promesas de los centros de datos y la inteligencia artificial llegaron a su zona de Castilla-La Mancha, Aurora Gómez tuvo una sensación de déjà vu. “Para mí, fue como la historia del aeropuerto”, explica. Gómez habla del aeropuerto de Ciudad Real, que se convirtió hace unos años en el ejemplo recurrente cuando se hablaba de megaproyectos que no habían tenido éxito. Hoy forma parte del colectivo Tu Nube Seca Mi Río, muy activo a la hora de denunciar el impacto que la nube tiene en los acuíferos en España y sus otros costes.

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En los últimos años, la inteligencia artificial se ha afianzado como uno de los temas candentes. Lo es en el ecosistema tecnológico, donde protagoniza inversiones, lanzamientos y carreras corporativas para posicionarse como los futuros ganadores. Pero lo es también entre administraciones públicas y gobiernos, que ven en la IA un potencial de dinamización económica; en las industrias que la emplean; y hasta en sectores derivados, como la milmillonaria economía que sostiene la construcción de la inteligencia artificial. Las expectativas son que la IA genere una nueva revolución industrial.

Sin embargo, las elevadas inversiones y los potenciales retornos previstos no están exentos de voces críticas. Las voces críticas y las matizaciones ante el aparente maná de la inteligencia artificial han ido progresivamente en aumento. Pero ¿qué creen estas voces y cuáles son sus principales preocupaciones?

La batalla entre p(hope) y p(doom)

En el propio quién es quién de la inteligencia artificial, existen dos visiones dispares sobre lo que la IA traerá en el futuro. Es la batalla entre la p(hope) y el p(doom). Los primeros consideran que la IA traerá cosas buenas y ayudará a resolver los problemas del mundo. Los segundos temen el momento en el que la inteligencia artificial sea más inteligente y capaz que los propios seres humanos. “Suponemos que parte de su atractivo reside en que permiten a los poderosos imaginarse a sí mismos como héroes que intentan salvar a la humanidad cuando en realidad lo que hacen es ignorar las amenazas reales que se ciernen sobre esas personas”, aseguran Emily M. Bender y Alex Hanna en La estafa de la IA (Paidós).

Estas expertas son una de las voces académicas críticas de la IA, a la que presentan como un espejismo y ponen en tela de juicio su inteligencia real. Es marketing, humo: hablan de que se ha dado “gran bombo” a pronósticos dignos de la ciencia ficción que no son tan factibles. Pero, sobre todo, Bender y Hanna apuntan que todos estos pronósticos de los males que se avecinan hechos por los p/doomers “no tienen nada que ver con los daños sufridos por personas reales”. Y ahí es donde entroncan con ese déjà vu que a Gómez le generaron los centros de datos.

El impacto en el agua

Uno de los elementos que generan más rechazo de los proyectos de centros de datos e IA es el agua. La inteligencia artificial necesita grandes cantidades de agua para el enfriamiento. Y agua es, en bastantes ocasiones, algo que falta o que es ya un recurso crítico en las zonas en las que se asientan.

“Yo soy de un pueblo muy pequeño de Ciudad Real”, cuenta Gómez, que ya estaba implicada en el activismo crítico en tecnología antes de que los centros de datos llamaran a su puerta. Cuando ocurrió, desde su colectivo, no lo vieron como un maná, sino como una cuestión llena de grises. “Sabíamos la información por otros países”, explica. Chile o Uruguay se han convertido en las referencias a las que echan mano las voces externas a la industria TI cuando quieren comprender el impacto que pueden tener las infraestructuras tecnológicas. Allí, lastraron los ciclos del agua.

“Tus vidas, tus ecosistemas, no importan”, denuncia Gómez, que también advierte que se suele usar la excusa de un ‘aquí no hay nada’ para justificar la construcción de centros de datos. Ante el vacío, la infraestructura TI creará dinamismo, pero la activista señala que eso es una afirmación muy matizable. Las grandes infraestructuras tecnológicas llegan a zonas con acuíferos ya estresados o con grandes problemas de sequía. Gómez hace una conexión directa entre el agua y el dinero: las zonas verdes mucho más seguras a nivel hídrico son también mucho más dinámicas a otros niveles. Es más probable que su ciudadanía cuente con fondos para hacer estudios de impacto, contratar abogados o enfrentarse a todo esto.

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El coste energético

La inteligencia artificial necesita agua, pero también electricidad. Ahí se enfrenta a un serio problema, porque la energía tiene límites. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) lleva años advirtiendo de que las infraestructuras eléctricas globales deben ser optimizadas si se quiere que resistan las crecientes demandas de electricidad. No se trata solo de generar más energía, sino de si las redes eléctricas serán capaces de soportarla.

En 2025, la demanda de electricidad de los centros de datos subió en un 17%, según la AIE, un ritmo todavía más rápido en los especializados en IA. Este porcentaje supera ampliamente la media de crecimiento de consumo eléctrico general, que fue del 3%. Según la agencia, el desarrollo de la IA se enfrenta ya a “cuellos de botella físicos” por esta cuestión. Las empresas del sector son ya el 40% de toda la compra corporativa de energías renovables y hasta están acercándose a la energía nuclear.

Pero todo esto crea otro reto: toda la escalada de apuesta por la IA se puede enfrentar a una realidad un tanto peregrina. La de que todo lo que se está haciendo no se puede usar. Gómez apunta un dato interesante sobre centros de datos construidos: “La mitad no han sido conectados”. No hay energía para todos. La falta de energía no es algo en lo que inciden solo las voces críticas, sino también algo que preocupa a las voces propias del sector. El último Data Centers Iberian Region Snapshot, de Colliers, advierte de que los proyectos anunciados en toda la Península Ibérica implicarán un consumo de casi 14.000 MW IT, aunque la oferta disponible está muy por debajo de eso.

Ya ahora el consumo es llamativo: según el informe IA sostenible para un mañana más verde, de NTT Data, la energía demandada por los data centers en 2026 equivaldrá a cuatro veces el consumo eléctrico de España.

Trabajo y equidad social

Gómez suma, además, que muchos de estos centros de datos se ubican en “zonas de sacrificio”, “zonas que se marcan como que no importan”. Pueden ser espacios que han perdido población o que perdieron industria. Brian Merchant hace un paralelismo entre los impactos actuales de la tecnología en el mercado del trabajo y la situación a la que se enfrentaron los luditas en Sangre en las máquinas (Capitán Swing).

“La razón por la que hay tantas semejanzas en el mundo actual y la época de los luditas es que apenas ha habido cambios en nuestra actitud hacia los emprendedores y la innovación”, escribe. El movimiento ludita pasó a la historia como una resistencia a los avances que no entendía el progreso, cuando, según Merchant, en realidad pedía una equidad en los efectos de esos mismos avances. Esto ocurre incluso cuando objetivamente los productos resultantes no son mejores o se podría hacer de otra forma más respetuosa con las personas.

Bender y Hanna lo ejemplifican con los robotaxis que circulan por las ciudades estadounidenses: son demasiado caros y salen a pérdidas, pero crean un escenario en el que se valora menos el trabajo de los seres humanos y empuja sus salarios a la baja. “La consecuencia de la automatización ha sido que los ricos son más ricos que antes y los pobres son más pobres”, añaden. Ambas expertas suman también al debate la cuestión de los derechos de autoría y cómo eso lleva a que ciertas industrias entren en crisis.

Al tiempo, las voces críticas lamentan que, si bien se paga un peaje caro a la IA, las promesas de reducción de costes no se están cumpliendo tanto como se esperaba.

Un mundo opaco

Y, sobre todo, una de las principales críticas que se hace a este boom es la opacidad. “Los académicos que lo investigan dicen que hay una falta de transparencia”, señala Gómez. Desde el activismo, lo confirma y lo ejemplifica con una anécdota sobre un proceso de fact checking a la promesa de miles de empleos de un centro de datos español: “Tuvimos que ir físicamente a contar coches”. Eran 50, nos dice, así que las cuentas de empleo prometidos no dan.

Esto impacta en todas las áreas a análisis sobre la inteligencia artificial, pero el consumo de agua es posiblemente una de las más peliagudas. Como cuenta en El imperio de la IA (Península) Karen Hao, las estimaciones de cuánto bebe la IA se hacen partiendo de un estudio de una investigadora. Son estimaciones sobre una estimación teórica que tiene ya sus años y se basa en lo que pasaba antes de la explosión de la inteligencia artificial.

Las normativas en marcha buscan dar claridad a estas cuestiones, pero, a tenor de una investigación del consorcio de medios Investigate Europe, no son realmente esclarecedoras. La norma europea dio una ventana para convertir esos datos en información “confidencial y altamente sensible” y no hacerlos públicos. Ahora, la información solo debe hacerse a escala nacional y no se puede desglosar centro de datos a centro de datos.

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Todo ello crea un terreno en el que la IA y su industria podrían estar perdiendo a la opinión pública. En febrero de 2025, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) hizo una consulta temática sobre la percepción de la inteligencia artificial entre la ciudadanía. Un 65,8% respondió que la IA estaba provocando “bastantes” cambios en la vida de las personas y un 30,6% que muchos. Al 67,2% todo esto le provoca incertidumbre, al 58,4 preocupación y al 34,4 miedo, frente al 37,1 que lo ve con optimismo. Cuando el CIS ordenó las emociones, la primera en el listado era la incertidumbre.

Incluso, se está generando una cierta manía con la IA y su alcance. Bender y Hanna hablan de la paranoia en los entornos universitarios sobre si el alumnado usará ChatGPT, lo que lleva a un uso intensivo de herramientas que analizan textos y causan en ocasiones falsos positivos. En redes sociales circula un vídeo que, con humor, sometió al Frankestein de Mary Shelley a un detector de inteligencia artificial: ¡Shelley la había usado para crear su novela ya en 1816!

“La IA es un problema grave en muchos sentidos”, asegura Gómez, que suma el impacto cognitivo y en salud mental a todos estos asuntos. “La IA tiene tantas afectaciones que consigue resistencias muy amplias”, resume. En la oposición a los centros de datos en Marsella, se mezclan activistas del software libre, acción vecinal, ecologistas o políticos tradicionales.

¿Una burbuja?

Bender y Hanna consideran que una vida más allá de la IA (al menos tal y como se está abordando ahora) es posible. “El bombo de la IA favorece a las personas que ostentan el poder de varias maneras diferentes”, defienden en su libro. Esto es, sirve para acrecentar las brechas de riqueza y poder, pero no revierte de forma directa y positiva en la sociedad.

Al final, en el fondo, la crítica más general es una pregunta que se hacen varios tipos de voces, la de si esta es o no otra burbuja. Quienes defienden que sí ven un paralelismo con la burbuja de las puntocom. La mitad del crecimiento del PIB de Estados Unidos ya viene de los gastos derivados de la IA y el 35% del valor del S&P 500 reposa en empresas cuya clave de crecimiento es la IA. La escalada parece además sin freno. Según cifras que recoge El Periódico, la inversión que Silicon Valley hará en IA estará este año entre 300.000 y 400.000 millones de dólares: no tiene precedentes y equivale a la riqueza de 176 países.

Bender y Hanna conectan ese “gran bombo de la IA” con una suerte de carrera de inversión. Como esos bancos que eran ‘demasiado grandes para caer’, se ha metido tanto dinero en estos desarrollos que no se puede no seguir tirando del carro. Así, insisten en que “ni los modelos de lenguaje de gran escala ni nada de lo que se vende como ‘IA’ es consciente, sintiente o capaz de funcionar como una entidad independiente o pensante”. También la gente que usó Eliza (el programa pionero de procesamiento de lenguaje natural) en los 60 pensaba que el programa les estaba hablando, cuando no lo hacía.

Para las empresas que están considerando la adopción de IA, es fundamental analizar estos riesgos y buscar soluciones avanzadas en Microsoft Azure que permitan un despliegue eficiente y sostenible. También es clave entender cómo herramientas de monitorización como Prometheus pueden ayudar a gestionar el consumo de recursos. La productividad empresarial con Microsoft 365 puede ser una alternativa menos intensiva en recursos. Además, sectores como el inmobiliario pueden beneficiarse de software especializado sin necesidad de grandes infraestructuras de IA. La seguridad en Azure también es un factor crítico a considerar. Por último, el caso de Infinigate muestra que el crecimiento en el sector TI puede ser sostenible y rentable.


Fuente original: ComputerWorld. Análisis y adaptación por ForgeNEX.

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