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España ha alcanzado un hito histórico: superar las 10.000 empresas tecnológicas activas. Según el último Informe Nacional de Empresas Tech e Innovadoras 2026 de Scoutyn, el país cuenta ya con 10.294 compañías que generan 137.000 empleos y un impacto económico de 19.442 millones de euros. Sin embargo, tras estas cifras alentadoras se esconde una realidad incómoda: las mujeres apenas representan el 17% de los fundadores de startups tecnológicas, y solo el 18% cuando se trata de emprendedoras en solitario.

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María Benjumea, presidenta y fundadora de South Summit, lo define claramente: “Creo que es un fenómeno que va más allá del propio emprendimiento y que tiene mucho que ver con cuestiones estructurales vinculadas al ámbito tecnológico y STEM”. Los datos del Mapa del Emprendimiento de South Summit e IE University confirman que solo el 17% de los emprendedores en serie son mujeres, y el 17,5% del total de emprendedores españoles. Estas cifras están lejos del 22% de media europea y son incluso inferiores al 20% registrado el año anterior.
Para Alicia Asín, cofundadora y CEO de Libelium y vicepresidenta de Ametic, “la baja representación femenina en el emprendimiento tecnológico no es una falta de vocación, sino la consecuencia de un sistema que perpetúa inercias históricas y sesgos estructurales”. Esta visión es compartida por las expertas consultadas, que señalan que la brecha se manifiesta también en la menor presencia de mujeres en disciplinas STEM y en las plantillas tecnológicas.
Uno de los puntos más críticos es el acceso a la financiación. Natalia Rodríguez, CEO de SaturnoLabs, destaca que la brecha de inversión es menos visible pero igualmente devastadora. Según datos del Foro Económico Mundial recogidos por South Summit, las startups fundadas por mujeres reciben menos del 3% de la inversión de capital riesgo a nivel global, a pesar de que generan el doble de retorno por cada euro invertido. “Los comités de inversión y los algoritmos de selección continúan replicando patrones del pasado, buscando modelos de éxito basados en clichés obsoletos en lugar de valorar el rendimiento real”, denuncia Asín.

Este desequilibrio no solo perjudica a las emprendedoras, sino que lastra la competitividad del ecosistema. “La igualdad no es solo una cuestión social, también es una cuestión de crecimiento económico y de competitividad”, recuerda Benjumea. Perder el talento femenino significa perder oportunidades de innovación y soluciones más inclusivas.
La inteligencia artificial es un ejemplo paradigmático. “La IA está aquí y va a ser muy importante que los equipos sean diversos”, afirma Rodríguez. La tecnología impactará en millones de personas, y si quienes la diseñan son siempre el mismo perfil, se corre el riesgo de perpetuar sesgos. “Hay mil ejemplos de que cuando lo haces mal, sale muy mal”, advierte. “No nos podemos permitir tener a la mitad de la población lejos de los puestos de decisión y diseño de nuestro futuro”, añade Asín.
Este problema se extiende a todas las soluciones digitales. Como señalamos en nuestro análisis sobre la paradoja cloud en España, la adopción tecnológica requiere equipos diversos para evitar puntos ciegos. Del mismo modo, la generación de texto paralelo de DiffusionGemma o los modelos de código de Cohere se beneficiarían de una mayor pluralidad en su desarrollo.
Las expertas coinciden en que no bastan las promesas. “Es imprescindible auditar los procesos de gobernanza y los datasets que manejan los inversores para limpiar los sesgos de origen que penalizan el talento femenino”, propone Asín. También abogan por programas de mentoring y formación reales, no cosméticos. “Si seguimos enfocando la diversidad en áreas STEM como una capa de pintura corporativa para cumplir con los criterios ESG, no nos moveremos del sitio”, advierte.
Natalia Rodríguez ha puesto en marcha una iniciativa en SaturnoLabs para captar talento STEM femenino adulto, con un enfoque práctico: colaborar con empresas para que las participantes puedan aplicar sus ideas en entornos reales. “Queríamos crear un programa que ayudara a tener roles femeninos en posiciones técnicas”, explica. No se trata de un hackathon puntual, sino de un proyecto con recorrido que conecte con el mercado laboral.

Actuar desde la escuela es clave, pero no para “convencer a las niñas de que jueguen con robots para cumplir un cupo”, sino para evitar que el sistema les arrebate su curiosidad natural antes de los diez años. “A esa edad es cuando se consolidan los estereotipos y cuando empiezan a autodescartarse de las matemáticas o la ingeniería por pura inercia cultural”, explica Asín. La tecnología debe presentarse como el ancla de las grandes cuestiones del futuro, no como un simple juego.
Este enfoque educativo es complementario a otras iniciativas como las que impulsan consultoras como Magellan, que integran la soberanía digital como eje estratégico, o los agentes de código como MiMo Code, que demuestran que la tecnología avanza rápido pero necesita equipos diversos para ser realmente eficiente.
Los premios y reconocimientos ayudan a crear referentes, pero Asín advierte: “Hay que tener cuidado con no convertir estos foros en un circuito cerrado de autoayuda o en un parque temático de la diversidad. El reconocimiento es el punto de partida, pero el verdadero impacto llega cuando esos discursos se traducen en más mujeres en los comités de inversión y en más capital fluyendo hacia proyectos reales”.
La brecha de género en el emprendimiento tecnológico no se cerrará con buenas intenciones. Requiere un cambio sistémico que aborde desde la educación hasta la financiación, pasando por la cultura corporativa. Como concluye Asín, “un producto que ha olvidado a la mitad de la población es tecnología defectuosa, sesgada de origen”. Y en un mundo cada vez más digital, ese sesgo es un lujo que no podemos permitirnos.
Fuente original: ComputerWorld. Análisis y adaptación por ForgeNEX.