Seville, Spain
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Seamos honestos. Si paras a alguien por la calle Sierpes y le preguntas qué hay en la Isla de la Cartuja, su mapa mental probablemente incluirá, por este orden: Isla Mágica, el Estadio Olímpico (y los conciertos), el Auditorio Rocío Jurado y "muchas facultades de la Universidad".
Algunos, quizás, mencionarán el "abandono" de los pabellones de la Expo, una idea que se quedó anclada en los años 90.
Y es normal. La Cartuja no es un barrio "de paso". No vas allí a tomar cañas (aunque opciones hay). Es una isla en el sentido literal y, durante mucho tiempo, también en el metafórico.
Pero mientras la mayoría seguíamos viendo a Curro y los recuerdos del 92, algo muy bestia estaba pasando en esos mismos edificios. Ayer mismo me topé con las cifras actualizadas del Parque Científico y Tecnológico (PCT) Cartuja, y los números son para sentarse: más de 570 empresas, más de 29.000 empleos directos y una facturación que supera los 4.000 millones de euros anuales.
Repito: 4.000 millones.
Esto no es un polígono de oficinas más. Esto es un ecosistema económico que, por sí solo, representa un porcentaje enorme del PIB tecnológico andaluz. La pregunta es obvia: ¿quiénes son? ¿Y qué demonios hacen allí metidos?
El primer mito que hay que derribar es el del abandono. Sí, hay edificios que no corrieron buena suerte, pero la gran mayoría de los pabellones y las nuevas construcciones están a reventar.
Lo que ha ocurrido en Cartuja es una reconversión silenciosa. Donde antes había exposiciones sobre el futuro, ahora se construye ese futuro. El PCT Cartuja no es un hub de una sola cosa; es una mezcla heterogénea y potente de tres grandes pilares:
Y es en esta mezcla donde reside su poder. No es solo un parque de startups, ni solo un campus universitario, ni solo un centro de investigación. Es todo a la vez.
Mucha gente no sabe que en Sevilla tenemos uno de los centros de investigación más importantes de la Comisión Europea: el JRC (Joint Research Centre). Ubicado en el antiguo Pabellón de los Descubrimientos (antes de su incendio) y ahora en el edificio Expo, el JRC es, básicamente, el laboratorio de ideas y datos de la UE.
No estamos hablando de algo menor. Estamos hablando de cientos de científicos trabajando en economía digital, inteligencia artificial aplicada a políticas, ciberseguridad y prospectiva tecnológica. Cuando Bruselas tiene que tomar una decisión sobre la regulación de la IA, una parte importante de los datos y la inteligencia que usan sale de la Cartuja.
Junto a ellos, conviven pesos pesados como el CSIC (con varios institutos), el Centro Nacional de Aceleradores (CNA) —sí, hay un acelerador de partículas en la Cartuja— y centros de innovación como el Instituto Andaluz de Tecnología (IAT).
Esto crea un caldo de cultivo brutal: no es solo empresa, es ciencia de base.
Luego tenemos al gigante. Cuando hablamos de tecnología en Sevilla, es imposible no hablar del sector aeroespacial. Aunque las plantas de ensamblaje principales están en otras zonas, Airbus tiene una presencia clave en Cartuja.
Pero lo importante no es solo Airbus; es el ecosistema de empresas de ingeniería, desarrollo de software embarcado, simuladores y consultoría de alta tecnología que ha crecido a su alrededor. Son empresas que trabajan con tolerancias de error cero, que necesitan una fiabilidad de infraestructura (IT y OT) absoluta y que demandan perfiles de ingeniería muy especializados.
Este sector actúa como un imán de talento y como un cliente muy exigente que eleva el nivel de todos los proveedores de servicios tecnológicos (incluidos los de IT, cloud y automatización) que quieren trabajar con ellos.
Y aquí llegamos al día a día, al motor que da el volumen de empleo más grande: las TIC.
Si paseas por la Cartuja un martes a las 9 de la mañana, verás un desfile de gente con mochilas para el portátil. Son los miles de ingenieros, desarrolladores, administradores de sistemas, analistas de datos y expertos en ciberseguridad que trabajan en las grandes "factorías de software".
Grandes consultoras multinacionales como Inetum, Sopra Steria, Ayesa (una local que se hizo gigante), T-Systems o Viewnext (del grupo IBM) tienen allí sus centros de desarrollo.
"Ah, las cárnicas", dirá alguno. Es un debate viejo. Lo cierto es que estos centros son auténticas escuelas de formación masiva. Son la puerta de entrada al sector para miles de graduados de la ETSI (la Escuela de Ingenieros), que está estratégicamente ubicada en el corazón de la isla.
Pero no solo viven de las grandes. El PCT está lleno de startups tecnológicas (muchas alojadas en los programas de aceleración e incubación como el CADE o el antiguo El Cubo) y de empresas de tamaño medio especializadas. Compañías que hacen desarrollos a medida, que gestionan infraestructuras cloud, que aplican IA a la logística o que diseñan soluciones de smart cities.
Ahora bien, no todo es un camino de rosas. Este crecimiento exponencial ha generado retos que, como sevillanos, nos suenan mucho.
El primero es la movilidad. Llegar a la Cartuja es, en horas punta, una odisea. El colapso del Puente de la Barqueta o del Alamillo es una queja constante. El teletrabajo y los modelos híbridos han aliviado algo la presión, pero la infraestructura de transporte público sigue siendo la gran asignatura pendiente para hacer sostenible ese nivel de densidad de talento.
El segundo es la infraestructura IT. Tener a miles de personas teletrabajando, conectándose a VPNs, accediendo a servicios en la nube y moviendo terabytes de datos de investigación (como en el JRC o el CSIC) requiere una conectividad impecable. La fibra óptica de la Cartuja es de primer nivel, pero el desafío ahora está en la gestión de esos servicios.
Y un reto muy nuestro: el calor. Hablábamos de esto hace poco. ¿Cómo gestionas la continuidad de negocio cuando tus oficinas (y los cuartos de servidores que aún quedan on-premise) se ponen a 45 grados en julio? La migración a la nube (Cloud) y la monitorización de sistemas no son una moda aquí; son una necesidad de supervivencia empresarial.
La Cartuja es la prueba de que Sevilla tiene un músculo tecnológico mucho más fuerte de lo que aparenta. Ha pasado de ser el símbolo de la melancolía del 92 a ser un motor económico silencioso pero imparable.
Es un ecosistema que se retroalimenta: la Universidad pone el talento en bruto, los centros de investigación ponen la ciencia, las grandes consultoras lo forman masivamente, y las empresas tractoras (como Airbus o el JRC) exigen un nivel de calidad que nos obliga a todos a mejorar.
Quizás el siguiente paso para este "Silicon Valley" sevillano no sea crecer más en números, sino crecer en conexión: conexión con el resto de la ciudad (¡esos puentes y ese transporte público!) y conexión entre las propias empresas.
Es fascinante pensar que, mientras cruzamos el río para ir a un concierto, a escasos metros se está diseñando un satélite, entrenando una IA para la Comisión Europea o gestionando la infraestructura cloud de un banco internacional. Y todo, desde nuestra isla.